lunes

Kidman y Retamal

Todo ocurrió una tarde de Otoño, en octubre. Ella estaba hacía pocas semanas en Washington, por trabajo lo recuerdo bien. Yo venía recién llegando de Nueva York cansado de los aviones, de los aeropuertos, de las cenas de compromiso. Ella a su vez, agotada, cansada de las cámaras, de las tomas interminables, de las revistas de chismes. Nos encontramos por casualidad cara a cara, en la esquina de la calle M con la 18, en pleno Dupont. Por alguna razón no pudo dejar de mirarme. A mi no sé que me pasó, pero tampoco pude evitar de mirar sus ojos. Algo en ella me era familiar, como si la hubiese visto antes, como si la hubiese conocido toda la vida. Ella, tan bella, rodeada de gente, todos querían recordar su singular belleza, perpetuar esa imagen en sus retinas. Pero ella solo tuvo ojos para mi.

Es increíble como la vorágine del mundo moderno te consume, te transporta sin que lo percibas a un estado en el cual no deseas estar.
Me ocurrió a mi, pues tuve a Nicole ahí, bella, despampanante, dispuesta, abierta, mía, lista a dejarlo todo por irnos, juntos, lejos de allí, hasta la eternidad... Sin embargo yo, con la vista nublada por el compromiso, por las obligaciones, simplemente no pude, no supe hacerlo, no tuve la fortaleza, y la deje ir. Me fui así, a paso resuelto, como solo los valientes sabemos, sin mirar atras, decidido, convencido de estar siendo consecuente con mis objetivos. Ella incrédula, dolída, aunque sorprendida por mi valentía, lloró sin consuelo y sigúió su camino infeliz hacia lo efímero, sola, desolada, con el alma rota y desconsolada...

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