miércoles

No Apurar...En Rodaje...

PARTE I:

En el estudio "Micros en Santiago: de enemigo público a servicio público" comandado por la lumbrera y ex-subsecretario Guillermo Díaz, se hace un análisis de la situación del transporte público en ese momento (año 2001), calificando al servicio de transporte de Santiago como 'el peor enemigo público de sus habitantes'. La hoy trillada y recursiva cita de Zamorano de que "¡puesss a cada 3 días muere una persona no!" se recoge en detalle en el documento, además de otras como que en el 2001 hubo 5.699 lesionados en accidentes de micro, de los cuales 112 murieron. Hay otros datos sino obvios anecdóticos, como el que un solo bus en promedio generaba el ruido equivalente 14,3 vehículos.
Las micros, aunque yo diría el transporte urbano en general, son una verdadera peste, todo se florece a su distancia. Según este estudio el valor del arriendo aumenta en cerca de$ 28.000 mensuales por cada 100 metros que un departamento se aleja de una calle ruidosa, lo cual implica $336 mil pesos al año, lo cual apreciaría unos 3,6 millones al valor del departamento. El estudio concluye su introducción con la frase: "El Plan Transantiago comprometido por el gobierno, y que entrará en vigencia hacia el 2005 (!), parece apuntar en la dirección correcta (!)". La inseguridad y la determinación se sienten en una única frase, de por si contradictoria. Ni el Transantiago entró en vigencia a tiempo, y ni el sistema ha probado hasta el momento 'apuntar en la dirección correcta'.

No es difícil darse cuenta que el Transantiago ha tenido algunos beneficios, como haber aparentemente resuelto los problemas apuntados arriba, como la contaminación, el ruido, aunque tampoco podemos olvidar la congestión. A un pueblo acostumbrado a respirar plomo, le importa muy poco este hecho versus el tener que esperar el doble tiempo en un paradero. Quizá los taxistas se lo agradezcan más al gobierno. Me tocó un viaje sorpresa a Santiago justo el primer día de puesta en marcha del 'revolucionario sistema' de transporte. Toda una inspiración. Se me repiten las palabras de papi Lagos, de hace unos días quien para mi sorpresa y decepción estimó que 'no estamos a la altura de un sistema como este'. Este editor más bien considera que los genios que planificaron la solución no están a la altura del problema. Aunque debo reconsiderar mi opinión, y al igual que el genio Díaz decir que más bien 'la solución de los genios no estaría a la altura del problema', pues uno nunca debe subestimar a la gente, me decía mi mamita, pues pueden sorprenderlo a uno con el inesperado combo del payaso, o un 'no contaban con mi astucia'. No deja de ser un hecho que el sistema partió incompleto, a la chilena. Los paraderos sin terminar y las soluciones sobre la marcha es una prueba, como la habilitación de cobradores en los paraderos dentro de un plan de contingencia. Para la risa, aunque el problema ni siquiera sea ese.

PARTE II:


Lo peor es la idea del Transantiago en si. ¿Que experiencia tiene Sonda en sistemas de cobro como este? Ninguna, punto. ¿Porqué un sistema que no permite efectivo? Obvio, para que no se roben los cobradores, transfiriéndole el cachito de ser asaltado a la población, total... ¿Y que pasa si yo piso Santiago por primera vez? Que pasa si soy de provincia o extranjero? Tome taxi pues... ¿que pasa si a las 12 de la noche quiero tomar micro y no tengo ni plata ni bip? Cagué nomáh? A las 12 no hay micro, no haga preguntas guevonas!En el metro habían unos recargadores de tarjeta. Al tratar de utilizarlo, le pregunto a un guardia del metro, y este me dice que solo podía recargarlo con la Tarjeta La Polar. ¿La que? En realidad sabía a lo que se refería, pero solo quería cerciorarme que no estaba delirando. Al parecer La Polar se ganó una licitación. ¿Como se presta el Metro (que a todo esto es público) para promover que la gente adquiera una tarjeta de una multi-tienda privada para que le sea más expedito tener saldo para la Bip? Aquí me quedo sin respuesta.

Entonces hay que recargar la tarjeta haciendo la cola para que te atienda el amable personal del metro. Y si el metro está cerrado? Cagué?

Suponemos que el sistema se irá perfeccionando. Cobradores se irán habilitando, el sector privado emitirá tarjetas de débito que funcionan como 'Bip' y en realidad el principal cambio será cultural, pues la gente se irá acostumbrando a recargar sus tarjetas con anticipación. Ganaremos todos, los micreros, la 'gente', el gobierno, y sobretodo ganarán los bancos que constituyen la AFT que podrán jugar con los rios de platal en efectivo que deberán administrar. Al estilo chileno, ganarán nuevamente los privados, a costo de la 'gente'. Todo esto mientras la naciente clase media, y sobretodo la GCU (Gente Como Uno), dice...'yo ocupo mi auto'.

PARTE III:

Pero como siempre, los micreros tienen al gobierno de un coco, entre la espada y la pared. Entre escándalos de corrupción, inoperancia y acusaciones de falta de liderazgo, el gobierno no pudo tener un peor momento para echar andar su sistemita estrella, calificándolo como el más moderno de latinoamericana. Yo que soy fan de Bachelet, me cagué de la risa. En orden alfabético Argentina, Brasil (al menos 15 grandes ciudades), y nuestra inspiración Colombia lo tienen hace mucho tiempo, décadas para ser exacto. Cuando cabro , el año 80 para ser exacto, viví en una ciudad de Brasil de poca importancia, que hoy tiene un millón de habitantes. En ese entonces contaba con un estupendo sistema de transporte con vías exclusivas, muérete!

Ahora la clave para el Gobierno está en dar vuelta la tortilla, y quedar muy bien parado. La experiencia de Ricardo 'Mago Papi de todo los chilenos' Lagos en el uso de prerrogativas del ejecutivo es una buena lección en la solución y debe ser un recurso de Bachelet. La bitacoreta.org, que ha recorrido varias capitales como un simple peatón, recomienda:

Bachelet, sin temblarle la mano, deberá hacer efectiva cuanta boleta de garantía se le cruce por delante, ante el más mínimo incumplimiento, por no pago de los sueldos y beneficios prometidos a choferes y por esconder las micros, y así ir restándole poder a esa tropa de mafiosos llamados 'empresarios microbuseros' los cuales ha gritado a 4 vientos sus pocas intenciones de cooperar, y por negligencia meter a la cárcel de una vez vía Consejo de Defensa del Estado a todopoderosos como Navarrete y compañía, hasta revocarles los contratos que los habilitan para funcionar dentro del Transantiago. Paralelamente ir habilitando un sistema de transporte público verdadero, de propiedad del Estado como debiera ser, y como es en países avanzados y otros no tanto, ya que por la mano blanda de sucesivos gobiernos y por tratar de razonar con pistoleros, permite que Santiago bordee el caos y que se le arruine la vida sobretodo a los sectores pobres, sin que los reales culpables hayan jamás pagado por ello.

História de micro III

(Viene de Historias de Micro II)

le dije,... sin esperar una respuesta lo siguiente: "Señor Carabinero disculpe, buenos días, yo soy estudiante y venía a bordo de este microbus, y quiero decirle que este sujeto (indicando con mi dedo en la nariz del chofer, siendo esta la parte que menos debe haberle gustado), es un tarado, no podría por ningun motivo andar suelto en las calles, menos a bordo de un bus de este tamaño". El Carabinero, algo sorprendido arriezgó una mirada de reojo hacia el chofer como para evaluar su reacción. Este estaba tan sorprendido como el Carabinero y a pesar de tener la cara morada de ira se portaba no obstante como un caballerito. Y seguí yo con mi discurso cual metralleta: "...este señor viene desde la Rotonda Atenas riendose mientras encierra a otros autos, toma curvas peligrosas a toda velocidad, frena y acelera sin esperar que los pasajeros tomen asiento, con decirle que casi mata a una abuelita quien se bajó de la micro catapultada, obligada de un frenazo, pues este individuo se negó a parar como se debe en el paradero...." (Reconozco que este punto es algo falso, pero remplaza el episodio original con igual realismo, así que para hacer las cosas más simples, lo inventé). El Carabinero, haciendo caso omiso a la opinión del chofer, quien arriesgó un "ná que ver oiga", me dio las gracias y me dijo que con esos antecedentes tomaría las providencias necesarias.

Al haberme bajado de la micro, no me quedó otra que seguir a pata nomas, así que procedí a darme media vuelta y seguir mi camino sintiéndome un poco guevon por haberme bajado de la micro, pensando en las varias cuadras que me quedaban. No creo que el chofer me hubiese aceptado de vuelta, esta claro, y tampoco hubiese dudado en utilizar el bate de beisbol que bien sabemos traen consigo los choferes, y cuando no un largo cuchillo, al cual se refieren con cariño como 'la cortante'.

Mientras caminaba ya aliviado por la lindas y extensas veredas de Providencia, sintiéndome cual ciudadano modelo, casi llegando a mi destino siento que a unos metros a mi izquierda se para una micro a media cuadra y alguien me dice, "oye cabro!", y yo, que a esas alturas como que ya había olvidado el asunto, miro y veo al cultivo de malos sentimientos, el chofer de la 315 El Cortijo-Las Parcelas, quien me dice muy relajado, moviendo la cabeza de arriba a bajo, como diciendo 'esta la ganaste tu, pero me debes una', luciendo su cara de maleante con tajo incluido y nariz de boxeador de seco pa' los combos. Estaría mintiendo se digo que no me bajó una especie de ganas de mearme, una sensación de pánico, como si viera en el fondo de sus ojos negros de odio la guillotina de la muerte a solo unos metros a mi izquiera, o peor, mi sentencia de muerte, sobretodo cuando Fitipaldi gritó a todo pulmón, a vista y paciencia de las todas las ricas secretarias que a esa hora se paseaban por cerca de Lyon, y sin discreción ante ningún pasajero escupió: "Me las vay a pagar cabro conchadetumadre! Cuando te vuelva a pillar te voy a hacer cagar cabro reculiao!"

Luego del rosario sentí que las piernas me caminaban solas, como para no mostrar la hilacha y salir corriendo despavorido luego de tal despliegue de odio contenido, sintiéndome algo arrepentido de haberme metido en la pata de los caballos. Traté sobre humanamente de actuar con naturalidad, y guardando la calma le respondí, tratando de contener la voz de pito que se me quería escapar "cuando quiera pos papito".

Y este, mirando por el retrovisor, por si nuestro salvador el carabinero, el amigo en el camino no andaba cerca insistió, "nos vamos a encontrar algún día gueon y ahí me las vay a pagar, te prometo, te tengo cachadito". Y yo impertérrito (al menos por fuera), le dije: "bájate del caballo de una vez pos", y volví a respirar solo cuando la micro se alejaba por Providencia, mientras algunos pasajeros mi miraban con mezcla de risa y terror en la cara. Otros pasajeros, camuflados de su verdugo en la cortina del bus, me miraban con risas nerviosas, y paraban el dedo gordo como diciendo "guena compáreeee". Yo, con mi cara de super héroe (con unas repentinas ganas de ir al baño), seguí caminando mientras la gente a mi alrededor me seguía mirando. Y si bien el tipo había partido, me cayó la teja de la calidad de la amenaza que el chofer de la única línea de micro que me servía me había hecho, y el 'pequeño' problema de movilización que por choro de cuarta categoría me acababa de ganar.

Fueron meses los que me la pasé afinando la vista medio camuflado detrás del paradero antes de subirme a cualquier 315 El Cortijo-Las Parcelas, con tal de no encontrarme a "Chucky el Chofer Asesino" o peor, subirme por descuido en su mismísimo terreno de guerra. Se me ocurrió pensar en los distintos medios de venganza que el Fitipaldi del transporte urbano habría maquinado contra mi, siendo el que más me preocupaba el que me atropellara con paradero y todo. Un día llegué a soñar que me quedaba de último pasajero, y él cerraba todas las puertas y me sacaba la prometida concha de mi madre.

Hoy, miro hacia atrás y solo queda darme cuenta que como pasajeros hemos sido extremadamente valientes, aunque inocentes, pero sin quererlo bravos. Hemos sido generaciones enteras que dejamos transportar nuestras vidas a bordo de esas máquinas de tiempo, que ante el más mínimo descuido te llevarían innecesariamente a mejor vida. Familias enteras que dejaron transportar sus hijos, y con igual riesgo sus madres, sus embarazadas, con solo mínimos reclamos, sus sueños y esperanzas por un hilo conductor delgado e inseguro. Hemos sido millones que a lo largo de los años hemos depositado la gran inversión de nuestras vidas en una sola y débil canasta, arriesgándolo todo, lo único que tenemos. Más vale que el nuevo y revolucionario modelo funcione, pero que más dá luego de tantos años. Que más da si tan poco hemos recibido, si tan poco hemos exigido.
Buena suerte al Transantiago, que llega muy tarde o quizá muy temprano. Mejor suerte aún a nosotros los usuários.

História de micro II

(Viene de Historias de Micro I)

Los 10 a bordo de la micro íbamos espantados. En años de pasajero nos había tocado tamaña indolencia choferil. Se me metió en la cabeza que nuestro sujeto tenía su capacidad de razonamiento seriamente damnificada, pues luego del acto de tamaña indelicadeza con la abuelita le dió ahora por hacerse el kamikaze, saltándose dos luces rojas, y encerrando a dos motociclistas. A unos 90 kilómetros por hora hizo Plaza Atenas - Tobalaba en unos 2 minutos y medio, pues desde que me subí la misma melodía 'sound' resonaba por los parlantes y contusionaba mi discutible sensibilidad musical. El peligro era tal que llegando a Escuela Militar una señora se bajó de la micro casi corriendo, en estado de pánico mientras alegaba "por dios, usted se volvió loco, deberían meterlo preso!" y este dijo como para si mismo pero a viva voz, con una pronunciación algo arrastrada y que indicaba un fuerte resentimiento social "caaaallate vieja culiá".

Y luego al partir "Ya ya ya, subiendo rapidito" dijo a los nuevos pasajeros, a quien pretendí poner al tanto de la situación, pero este como intuyéndolo pisó a fondo, para nuevamente seguir con su coctelera de encerronas, frenadas repentinas, acerruchadas y garabatos, mientras bajaba por Apoquindo a toda velocidad, hasta llegar a media cuadra de Tobalaba, cuando repentinamente a nuestras espaldas sentimos algo que se asemejaba con exactitud a la sirena de un carro policial, la cual borró de una vez la mirada enajenada de nuestro chofer, quien fijó con preocupación sus ojos de tarado en el espejo retrovisor mientras estacionaba la micro en la berma de la avenida....

Un señor de uniforme verde, cuya silueta parecía inequívocamente a la de un Carabinero, se dirigió lentamente hacia la cabina del bus, con ambos pulgares afirmados de los pliegues de su traje. Se paró bajo la puerta del chofer y le dijo con una voz firme e infundada de autoridad: "Buenos días, proceda usted a apagar la máquina y baje inmediatamente con sus documentos en mano". El chofer, para sorpresa de todos, le responde ofendido: "¿pero porque mi cabo?". Ante esto, el carabinero procedió una vez más a indicarle las instrucciones anteriores de esta vez más despacio, y sin pestañar se alejó libreta en mano para proceder a escribir el parte policial.

Al interior de la micro, había una mezcla de expectación, decepción y júbilo. Varios hubiesen querido seguir de largo y llegar adelantados a sus destinos, encantados de tener a un Fitipaldi encocado de chofer. Otros como yo estábamos aliviados de que alguien le fuera hacer saber a ese troglodita del transporte urbano, que no se mandaba solo y que esa no era una forma aceptable de comportamiento civil, menos estando sentado arriba de 300 caballos de fuerza mal administrados.

El chofer bajo de la micro y sostuvo algo como un diálogo con el Carabinero, que más parecía una conversación entre un loco y una roca.

Yo desde lejos trataba de escuchar y leerle los labios y enterarme de la insólita explicación del terrorista que llevábamos de conductor, pero me fue inútil. Así que pensé por breves segundos y me dije: "esta es mi oportunidad, este delincuente me debe una, y este es el momento en que me las va a pagar", así que procedí a levantarme mientras mis compañeros de viaje mi miraban con sorpresa al dirigirme hacia la puerta de la micro. Me bajé y con decisión me acerqué hacia donde estaba el Carabinero arengando como un niño al Fitipaldi de pacotilla. Y le dije....

História de micro I

Se llamaba El Cortijo-Las Parcelas. Su recorrido el número 315. Incluía una buena porción de la Alameda, Apoquindo, Tomás Moro y otras calles menores de La Reina. Más de una vez tuve que esperar una tercera 315, en el frío, también en el calor. Las dos primeras por alguna razón que en ese entonces me costo entender, no se detuvieron ante mi congelado o asoleado brazo de escolar sin más recursos que mis piernas. Habrá sido por mi uniforme azul con plomo, que instantáneamente me remitía a la categoría de pérdida económica. En la mente del chofer-empresario se activaba una planilla de cálculo mental al avistar un paradero. Ante sus ojos se desplegaba entonces una ecuación donde la x era el beneficio asociado a la relación entre desacelerar el vehículo, llegar tarde al paradero, dejar pasar al recorrido competidor, y los ínfimos 10 pesos de mi aporte escolar. El resultado era indudablemente negativo. Hacia lo anterior mientras simultáneamente aceleraba la mole frente a mi vista, calculaba la distancia de la micro siguiente, ladraba a los pasajeros que se corrieran más atrás, y le hablaba coqueto a su 'pierna' sentada sobre el motor. De pasada observaba por el retrovisor si el picado estudiante le tiraría o no de esta vez el usual piedrazo al ventanal.

En una oportunidad estando yo arriba de la micro, avisté hacia delante de la calle el paradero en donde la niña que me gustaba tomaba mi mismo recorrido. Nunca habíamos coincidido. Ese día sin embargo estaba allí, inmersa en sus pensamientos esperando la micro. Su silueta fresca en la mañana se aproximaba lentamente allá delante al borde del camino. Mi corazón se aceleró al verla y en breves segundos pensé en diversos temas que conversarle y entretener nuestro aburrido camino de un día de semana cualquiera. A media cuadra de su paradero, y cuando procedía ella a levantar su tierno dedo índice, el chofer, en un acto de la más vil arbitrariedad, enganchó tercera y piso a fondo, en una aserruchada que nos pegó completamente a los asientos y que al pasar a su lado no hizo más que despeinar su delgado cabello suelto y empolvar mi esperanza. 'Viejo chucha de su madre' pensé indignado y miré en el espejo el reflejo de su cara de cretino infeliz prometiéndole eterna venganza. También miré hacia atrás, donde ella parada como esperando una explicación, movía sus tiernos labios como diciendo pucha ohhh, otra vez! Que sutileza de reacción pensé, y se me ocurrió que realmente era un desatino darle de piedrazos a las micros que ignoran el paradero de uno.

Varios meses después, estando yo parado en la Avenida Tomás Moro con Bilbao, levanto la mano para tomar una micro cualquiera que me llevara hasta Providencia, y para sorpresa mía se detuvo ante mi la mismísima 315 El Cortijo-Las Parcelas. Al volante reconocí instantáneamente sus uñas negras de micrero negligente, sus ojos vidriosos de chofer omisor de paraderos. Buenos días chacal del pase escolar, pensé. Aparentemente ese día andaba más apurado que nunca. Al subir junto a otras personas, nos denigró a todos con un "ya ya ya, rapidíto arriba y aprenten al centro". Le pagué mis 80 pesos (eran otros tiempos) y le quité el boleto con una agresividad de la cual solo yo me dí cuenta. Este energúmeno cabeza de metalpar está completamente habituado a la poca simpatía pensé. Me senté unos cuatro asientos en su diagonal y le clavé mi mirada de escolar resentido que claramente amenazaba su integridad física, pero este, entre curvas, bocinazos y chuchadas, jamás se percató de mi presencia. A medio camino subió a nuestra micro una señora de unos 70 años. A breves segundos de haber recibido el boleto de las manos inmundas de nuestro personaje, partió catapultada hacia la retaguardia del microbús, puesto que el chofer sin provocación alguna piso a fondo el acelerador cuando la abuela aún no alcanzaba a sujetarse del primer soporte. Quizá donde hubiese ido a dar la pobre veterana si no hubiese sido por la cordialidad de nosotros los pasajeros, que la atajamos entre todos cual pelota de fútbol pateada de una chuleta al arco. Todavía la estarían tratando de despegar del ventanal posterior. En el rostro de la señora, solo el pánico se desdibujaba, mientras que en el del chofer no se leía una pizca de arrepentimiento. Ni unas tímidas disculpas arriesgó decir el muy insensible. Muy por el contrario, se le apreciaba algo así como una risa contenida...

jueves

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